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El entusiasmo por el gas podría retrasar la expansión de energías como la solar o la eólica

El gas contamina menos que el carbón, pero sigue siendo un combustible fósil y emite importantes dosis de metano a lo largo de todo su recorrido vital, desde que se extrae hasta que se quema.

En el último decenio, sobre todo, el uso del gas natural se ha convertido en la bandera de muchas industrias, gobiernos y expertos para hacer frente a la creciente demanda de energía en el mundo y, al mismo tiempo, reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Aunque los especialistas ya indican que el uso del gas corresponderá a una etapa de transición hacia un mundo mayoritariamente impulsado por energías limpias y renovables, las agencias y grupos medioambientales, de todos modos, siempre han temido que tanto entusiasmo por el gas acabe retrasando la expansión de energías como la solar o eólica.

La reciente demanda de 14 estados norte­americanos contra la Agencia de Protección Medioambiental (EPA, en inglés) de su propio país por ignorar la obligación legal de controlar las emisiones de metano en la industria energética, trasciende las fronteras estadounidenses y aviva el debate entre los defensores y detractores del papel del gas natural como la mejor alternativa para la descarbonización, y, por ende, para luchar contra el calentamiento global.

Según describe el diario El País de España en un artículo al respecto, el gas natural está en auge en todo el planeta. La demanda global aumentará en los próximos cinco años un 1,6% anual y China absorberá casi la mitad de ese incremento. Las cinco grandes petroleras del mundo occidental (ExxonMobil, Chevron, Shell, BP, Total) están apostando por el gas natural para compensar en el futuro el más que probable decrecimiento de las ventas de petróleo.

 

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