Tras un año de pandemia: cómo es combatir la covid en el frente de batalla

Los aplausos de las 9 de la noche en honor al personal sanitario de todo el país se desvanecieron con el paso de las semanas. Sin embargo, los contagios por covid-19 aumentaron a la par que crecieron las tareas de los trabajadores de la salud, así como también el riesgo a infectarse. Fueron más de 160 los enfermeros y enfermeras que murieron en Argentina por atención directa de pacientes positivos.

María de los Ángeles Pereira es enfermera del hospital municipal Arturo Illia de Villa Gesell mucho antes de que se declarara la pandemia, y recuerda que cuando la directora del nosocomio reunió a todo el grupo de trabajo para decirles “tómenlo con calma”, apareció algo que nunca se fue: el miedo.

“Estábamos acostumbrados a usar barbijo, alcohol, lavarnos las manos con frecuencia y usar guantes por otras enfermedades, pero apenas se empezaron a conocer los síntomas de coronavirus, las medidas de seguridad crecieron”, cuenta la enfermera profesional que hace 11 años trabaja en el hospital de avenida 8 al 2200. A los pocos días, todos allí adentro parecían astronautas.

– ¿Te acordás cuántos pacientes con covid-19 atendiste?

– Ya perdí la cuenta.

 

María de los Ángeles en una de las habitaciones del hospital Arturo Illia de Villa Gesell. (Fotos Ricardo Stinco)

 

Áreas verde y roja

Si una persona se presenta en el hospital de Villa Gesell con síntomas compatibles con la covid-19 como fiebre, dolor de garganta, tos, pérdida del olfato y del gusto, o fuerte cansancio general, ingresa de forma directa al Área Roja. Si por el contrario llega con otro tipo de afección, como puede ser un dolor abdominal, se la deriva al Área Verde.

María de los Ángeles conoce ambas y sabe el ritmo agotador que se vive en las dos. “Porque parece que con el coronavirus nos olvidamos que hay otras enfermedades tan importantes y graves como esta”, aclara.




Tras haber atendido por primera vez un paciente que resultó positivo, Pereira tuvo que hacer una cuarentena estricta en su casa por 14 días y con medidas extremas de cuidado para no contagiar a su esposo y sus hijas. “Usaba barbijo las 24 horas y prácticamente no tenía contacto con las chicas”, explica.

Con la llegada del frío, los casos aumentaron y el trabajo de todo el personal sanitario también. Por eso, ni ella ni ninguno de sus compañeros pudieron encerrarse cada vez que estaban en contacto estrecho con un infectado. La única alternativa que quedó fue convertirse en Neil Armstrong y subirse al Apolo geselino.

 

Barbijo quirúrgico, antiparras, cofia y un guardapolvo descartable sobre el ambo diario son parte del protocolo de vestimenta. (Fotos Ricardo Stinco)

 

Ahora cada vez que la asignan al Área Roja, sabe que tiene que llegar unos 15 minutos antes para ponerse sobre su ambo verde una vestimenta descartable, cambiar su tapaboca callejero por un barbijo quirúrgico, sumarle otro especial contra el covid, antiparras, cofia, protectores en sus pies, guantes, máscara, y la lista sigue.

Un procedimiento similar debe hacer con cada paciente sospechoso antes de pedirle el hisopado, la placa, colocarle una vía o aislarlo. “Tratamos de que a cada uno lo vea un sólo médico y un sólo enfermero”, cuenta.

– ¿Tuviste que atender infectados que luego fallecieron?

– Más de uno. La mayoría contaba con alguna enfermedad pulmonar de base.




En carne propia

María se acuerda que ese domingo era 11 de octubre porque faltaban pocas horas para el día de la Diversidad Cultural, una fecha histórica para Villa Gesell celebrada por los vecinos todos los años, excepto en 2020.

Hacía poco que había dejado de trabajar los sábados, domingos y feriados -conocidos en la jerga sanitaria como sadofes-, y cambiado su rutina a los días hábiles de 7 a 14, horario que mantiene hasta hoy. Aunque el día anterior su turno se había completado en el Área Verde y se suponía que no había tenido contacto directo con un caso positivo de covid, eso no fue impedimento para que se contagiara.

No sé ni en qué momento ni de quién”, dice cinco meses después. De lo que no duda es de lo mal que la pasó. Ella y su familia.

 

Tras haberse contagiado, Pereira recibió tratamiento médico y un aislamiento de más de 20 días. (Fotos Ricardo Stinco)

 

El lunes, en la guardia del hospital, esta vez en el rol de paciente, la atendieron como a cualquier otro turista o geselino. Le dieron los 14 días de cuarentena y le recetaron entre otras cosas paracetamol y antibióticos. Tras una nueva consulta, ocho días más de reposo.

No me podía mover, no llegaba ni al baño”, sostiene y hace referencia a un cansancio general que la mayoría de los infectados reconocen. Ese síntoma, sumado a una deficiencia para respirar por haber sufrido neumonía años atrás hicieron que cinco meses después María se siga agitando al caminar rápido. “Siempre fui deportista, no puedo creer que me cueste hasta subirme a la bici”, dice.

– ¿Haberte contagiado significa que ya no le tenés miedo al virus?

– Puedo decir que no, pero no porque esté vacunada o ya lo haya tenido, sino porque me siento mucho más vital que antes.




Una gran familia

Como en tantos otros sectores del ámbito público argentino, la inversión en el hospital municipal de Villa Gesell es mínima. La falta de espacio y la poca tecnología actualizada hacen que el lugar funcione casi únicamente por la calidad del recurso humano.

“Claro está que necesitamos un hospital mucho más grande que pueda atender todas las urgencias, pero doy fe que es un buen hospital”, afirma Pereira y subraya: “Sacamos adelante los casos y solucionamos los problemas porque somos una gran familia”.

 

Médicos y enfermeros trabajan como si fueran una gran familia. (Fotos Ricardo Stinco)

 

La confianza, el conocimiento y las experiencias compartidas hacen que cada uno de los integrantes sepa cuál es su rol sin dudar. “Muchas veces sin ser una orden, somos nosotros los que nos ponemos de acuerdo”, dice. En total, entre los centros de atención primaria de la salud y el hospital, son unos 70 enfermeros y enfermeras.

“Entre nosotros nos sentimos protegidos, sabemos que a la hora de una urgencia contamos con el otro”, resalta. Pero como la magia no existe y el coronavirus parece no dar tregua, en noviembre del año pasado el médico pediatra Humberto Aramayo perdió su vida a causa de la covid-19.

“Trabajamos con una gran exposición”, afirma Pereira. Lo cierto es que difícilmente una enfermera, un enfermero, un médico, una médica puedan serlo sin amar lo que hacen y sentir que ese trabajo es su verdadera vocación. Arriesgar su propia vida para salvar la de los demás “no es moco de pavo” diría alguna abuela por ahí.

María de los Ángeles termina la entrevista: “Estamos jugados”.

 

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