Operación Venezuela: del “dueño rico” sin capital a la batalla por el Petroyuan

La noticia de la operación militar estadounidense en Venezuela ha sacudido el tablero geopolítico mundial. Sin embargo, parte del debate público se centra en las implicancias legales y la operación comando, las verdaderas motivaciones yacen en una disputa económica por la supervivencia energética y monetaria.

Para comprender por qué Estados Unidos actúa y, fundamentalmente, por qué lo hace ahora, invito a apartar la mirada de los tribunales y enfocarla en los cuatro factores económicos que explican la intervención: la incapacidad de inversión local, la dependencia tecnológica, la amenaza china y la urgencia inflacionaria doméstica.

 

 

La paradoja venezolana: recursos infinitos, capital cero

El punto de partida es la realidad material de Venezuela. No es un país más en el mapa de recursos: posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, superando incluso a gigantes como Arabia Saudita. Además, ostenta el liderazgo regional en metales preciosos, con unas 161 toneladas de oro acumuladas (más 2.343 toneladas en la tierra, esperando a ser extraídas) lo que la convierte en la nación con más reservas de este activo en América Latina.

La paradoja radica en que el Estado venezolano, pese a ser el “dueño rico” del subsuelo, está quebrado en la superficie. Sin capital propio para mantener la infraestructura y tras haber expulsado o trabado al sector privado por el riesgo de expropiación, el país se encuentra sentado sobre una mina de oro negro que no tiene cómo extraer. Sin tecnología ni inversión, el petróleo bajo tierra tiene un valor económico nulo.

 

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Estados Unidos como el “socio técnico” obligado

Existe una razón técnica que a menudo se pasa por alto: la geología. El crudo venezolano es extra-pesado y tiene altos niveles de acidez, lo que requiere un proceso de refinado muy específico.

Las refinerías capaces de procesar este tipo de crudo de manera eficiente se encuentran, mayoritariamente, en la costa del Golfo de Estados Unidos. Si bien Venezuela podría vender a otros mercados, depende de la tecnología que hoy tiene Estados Unidos.

El problema actual es que las empresas que poseen la tecnología para extraer y procesar ese crudo no están dispuestas a asumir el riesgo venezolano – miedo a expropiaciones o a futuras sanciones de Washington –. Al forzar un cambio de régimen, Estados Unidos busca eliminar ese riesgo para que sus corporaciones vuelvan a entrar, aporten la tecnología necesaria y aseguren el flujo del recurso, garantizando que esta vez la rentabilidad no quede retenida en Caracas. EE.UU., al forzar la construcción de un enemigo durante tantos años, y aplicar sanciones casi de manera caprichosa, que duran unos meses o años, desaparecen y vuelven a aparecer, generaron una aversión al riesgo venezolano, muy fuerte por parte del sector privado.

 

 

La amenaza silenciosa: el auge del Petroyuan

En el plano geopolítico, el factor determinante tiene nombre propio: China. Aislada por las sanciones occidentales, Venezuela encontró en Beijing a un gran cliente. El problema para la Casa Blanca, en este mundo con dominancia de las criptomonedas y la Inteligencia Artificial, en la que además pierde lugar el dólar como moneda de intercambio, es que China compre energía barata, y es en qué moneda lo hace.

Este comercio bilateral estaba cimentando el camino de los “Petroyuanes”. La posibilidad de que la mayor reserva de petróleo del mundo comience a transaccionar fuera de la órbita del dólar representa una amenaza directa a la hegemonía monetaria estadounidense. La intervención busca cortar este flujo de raíz, evitando que Venezuela alimente el crecimiento chino con energía subsidiada y frenando la expansión del yuan en el mercado energético global.

 

 

La urgencia doméstica: inflación y reservas estratégicas

Finalmente, la política exterior suele ser un reflejo de las necesidades internas. Estados Unidos ha consumido gran parte de sus reservas estratégicas de petróleo (SPR) para contener los precios tras la invasión rusa a Ucrania, perdiendo ese colchón de seguridad.

Simultáneamente, la política de tarifas a las importaciones ha presionado al alza los precios internos, golpeando el poder adquisitivo del votante estadounidense. Siendo el petróleo un insumo transversal a toda la economía (transporte, producción, calefacción), acceder a una fuente masiva y cercana de crudo es vital.

Al hacerse del control de facto sobre la producción venezolana, Washington apunta a un triple objetivo: reponer sus reservas estratégicas, bajar el costo de la energía para combatir su propia inflación y asegurar que la rentabilidad de la explotación retorne a sus empresas.

Ya hay una señal clara desde Trump, al anunciar que EE. UU. recibiría entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo sancionado (es decir que el propio Estados Unidos prohibía a otros países comprar) en estas semanas, y que con el dinero que debería recibir Venezuela por esta “venta forzosa”, solo va a poder comprarle productos a EEUU, garantizándose exportaciones, recursos monetarias y naturales.

En conclusión, la operación va mucho más allá de la captura de un líder político. Debe leerse como una toma de control corporativa sobre el activo energético más valioso del hemisferio, ejecutada justo a tiempo para evitar que termine consolidándose como el motor energético de la competencia asiática.

 

 

Sobre Nicolás Núñez

Economista de la UBA, Nicolás Nuñez tiene una Maestría en Finanzas de la Universidad Di Tella. Es además investigador en el Centro de Investigación de Economía Nacional (CIEN). Analista macro-financiero. Director durante 2022 nombrado por ANSES en cinco de las principales empresas argentinas. Profesor de mercado de capitales en la UBA y en la Universidad de Lanús. Actualmente cursa en la Universidad de San Martín un doctorado en relaciones internacionales.


 

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