Bandera blanca en Economía: por qué el Gobierno se resigna a convivir con la inflación
Si trazamos una línea temporal desde la asunción del actual Gobierno, encontraremos un mandato claro que funcionó como el norte de toda la política pública vinculada a la economía: la obsesión por llevar la inflación a cero. Para alcanzar esa meta, se exigió un sacrificio macro y microeconómico sin precedentes, golpeando la actividad, licuando el poder adquisitivo y encareciendo severamente el crédito.
Sin embargo, la hoja de ruta acaba de toparse con el muro de la realidad. En los últimos días, comenzó a gestarse un giro de 180 grados en el Ministerio de Economía. El Gobierno, acorralado por la asfixia del sector privado y la volatilidad internacional, decidió archivar la guerra total contra los precios. Para entender este cambio de paradigma y por qué se decidió cambiar de “enemigo”, hay que analizar tres factores clave: la trampa de la deuda familiar, el shock energético global y el miedo al fantasma del desempleo.
La bomba de la morosidad: cuando el manual monetario asfixia a las familias
El saldo del sacrificio: recesión y endeudamiento tóxico
Hasta hace muy poco, el plan oficial consistía en secar la plaza de pesos. El Banco Central avalaba tasas de interés altísimas con un doble objetivo: evitar que la gente se endeudará para consumir y forzar a las empresas a frenar el endeudamiento en pesos. La teoría dictaba que, sin demanda, los precios inevitablemente caerían.
Pero el equipo económico falló en el diagnóstico sociológico. En un contexto de profunda pérdida del poder adquisitivo y nula regulación, las familias no dejaron de endeudarse; simplemente lo hicieron para sobrevivir. Cuando los ingresos no alcanzan para la canasta básica, el crédito se usa para ir al supermercado. Así, los hogares quedaron atrapados en tasas de interés usurarias.
Por el lado de la oferta, las empresas sí acataron la lógica del modelo: dejaron de invertir, paralizaron la producción y frenaron contrataciones. El resultado fue una economía anestesiada, con un nivel de endeudamiento familiar peligrosamente tóxico y un sector productivo al borde del colapso.
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— BCRA (@BancoCentral_AR) April 10, 2026
El cisne negro internacional y el límite del 3%
A principios de año, el esquema oficial proyectaba una acumulación sostenida de reservas y una desinflación continua. Pero el contexto internacional arruinó la hoja de cálculo.
La escalada del conflicto en Medio Oriente y la consecuente disparada en el precio internacional del petróleo cambiaron las reglas del juego. Siendo el combustible el insumo transversal por excelencia de la economía global, el encarecimiento logístico golpea a toda la cadena productiva. El Gobierno observó cómo la inflación local rebotó y se estancó en torno al 3%, empujada por una inercia importada que es imposible de domesticar solo con subiendo las tasas y congelando la actividad de la economía.
Ante este escenario, llegó la resignación. La administración entendió que la inflación persistirá impulsada por factores exógenos y que seguir destruyendo la economía interna para librar una batalla perdida era, a todas luces, una misión suicida.
El giro pragmático: soltar los pesos para salvar el empleo
La señal más clara de esta resignación se observa en el accionar del Banco Central.
Durante la primera etapa del plan, cada vez que el BCRA compraba dólares para fortalecer las reservas, emitía pesos e inmediatamente los reabsorbía (emitiendo deuda) para que no circularan y no generaran presión inflacionaria. Esa esterilización sistemática llegó a su fin. Hoy, la entidad monetaria compra divisas y comienza a dejar que esos pesos permanezcan en la calle.
Esta decisión prepara el terreno para la baja en las tasas de interés que se está observando en estos días. El nuevo objetivo ya no es ser el alumno modelo de la desinflación global, sino sostener una similar a la del año pasado, pero abaratando el costo del crédito para que el consumo y la producción vuelvan a remontar.
En conclusión, el Gobierno cambió su objetivo principal con la inflación porque se asomó al abismo de la economía real. Comprendieron que forzar la soga monetaria para bajar un punto más de inflación implicaba una destrucción de empresas y empleos que terminaría llevándose puesto el capital político del modelo.
Sobre Nicolás Núñez
Economista de la UBA, Nicolás Nuñez tiene una Maestría en Finanzas de la Universidad Di Tella. Es además investigador en el Centro de Investigación de Economía Nacional (CIEN). Analista macro-financiero. Director durante 2022 nombrado por ANSES en cinco de las principales empresas argentinas. Profesor de mercado de capitales en la UBA y en la Universidad de Lanús. Actualmente cursa en la Universidad de San Martín un doctorado en relaciones internacionales.

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