El payaso Chacovachi en Villa Gesell: “La risa es la primera defensa ante el mundo”

Con una mochila invisible cargada de experiencia, el payaso Chacovachi y su compañera la payasa Maku Fanchulini llegaron este verano a la costa atlántica para hacer, después de ocho años, una nueva temporada.

Tras haber recorrido plazas, peatonales, penales, villas, festivales europeos, escenarios de los más prestigiosos y hasta centros religiosos, esta pareja que ya es referencia del circo y el arte callejero a nivel mundial se presenta con espectáculos individuales pero compartidos.

Él está todos los lunes de enero y febrero a las 21.30 y 23 horas en el Circo del Aire (avenida 3 y 113) con su show “Cuidado, un payaso malo puede arruinarte tu vida”, donde Maku lo acompaña con varios números de acrobacia.

 

La payasa Maku Fanchulini y el payaso Chacovachi minutos antes de empezar la función. (Fotos Ricardo Stinco)

 

Por su parte, ella hace “Metro y medio” en Go! Festival Pinamar Norte en avenida Libertador y Humboldt los miércoles y viernes a las 21.

Antes del estreno del lunes pasado, ambos conversaron con Telégrafo en una entrevista exclusiva que viajó por los años de Chacovachi en Plaza Francia a los espectáculos al lado de encantadores de serpientes en Marrakech.




¿Bufón, payaso o clown?

Parece Capusotto, también tiene un poco de Krusty y sin dudas algo de Los Tres Chiflados

Lleva puesto un saco militar sin mangas en memoria de sus años de colimba y en honor a San Martín; le cuelga un botón de un tapado que usaba su mamá cuando era chico, la llave de su primer auto (un Rambler 660) y un avioncito de metal que encontró en una callecita perdida de Alemania.

Dice que le gusta tener todos sus sueños así “pegaditos” mientras hace la función. Porque hace tiempo descubrió que  “un artista sólo puede salir de uno mismo”

 

 

Aunque se autodefine payaso, Fernando Cavarozzi (el nombre que lleva su documento) dice que completa su identidad con un poco de bufón porque es provocador y denunciante, a la vez que rescata de las técnicas del clown sintetizadas por el francés Jacques Lecoq. Sin embargo aclara: “El payaso es más popular, no veo a un clown animando una fiesta en Lugano 1”.

Otra diferencia que encuentra: “El payaso es cuantitativo con la risa, el clown trabaja con esa y otras emociones”.

Para demostrarlo, al iniciar el show, ‘Chaco’ (como lo tratan sus amigos y nosotros después de unos minutos de entrevista) le alcanza a una mujer del público un contador y le pide que anote cada vez que la gente se ría. 

 

Más de 200 personas se ríen al unísono en el espectáculo de Chacovachi todos los lunes de enero y febrero en el Circo del Aire de Villa Gesell. (Fotos Ricardo Stinco)

 

Sin dudas en cualquiera de sus funciones se superan las 200 risas, que multiplicadas por unas 200 personas se llega a 40.000.

“Eso le debe hacer bien en algo al cosmos”, dispara agradecido y mirando al cielo.




La risa es social

A diferencia del teatro y la música, donde la mayoría de los escenarios están enfrentados al público, en el circo y sobre todo en el arte callejero, el payaso se encuentra en el medio rodeado por la gente.

Esa estructura que Maku relaciona con un ritual chamánico tiene su porqué y se explica en que “nadie ríe solo, la risa es social”. Colocado en círculo, el público puede ver a los demás y de esa forma a sí mismo: “Todos nos descubrimos cuando nos vemos reflejados en los otros”.

 

 

Pero llama la atención la diversidad.

“Acá hay chicos, adolescentes, jóvenes, adultos y viejos; hay de derecha y de izquierda; intelectuales y básicos; buenos y malos; pero en ese momento son una misma masa homogénea”, explican. 

— ¿Cómo? —le preguntamos.

— Porque son sencillas las propuestas e intrínsecas a las personas —responde pensando bien las palabras.




Transmitir el conocimiento

Como otras miles de personas en estos casi dos años de coronavirus, Maku y Chaco vieron complicadas sus finanzas.

Pensando cómo sobrevivir, concluyeron que era el momento justo de compartir su conocimiento de una manera un poco más formal que los talleres que brindan con frecuencia cuando viajan por el mundo. Así nació “El globo torcido”.

“Terminó siendo un regalo de la pandemia”, sostienen agradecidos.

 

 

Es una escuela virtual y allí dictan tres talleres no graduales. Eso quiere decir que en un mismo grupo puede haber payasos con experiencia o personas que jamás hayan protagonizado un show, incluso de una variedad etaria muy grande. Con más de 200 alumnos de 25 países, dice ‘Chaco’ que cuando terminan el segundo taller ya son parte de la “Familia torcida”. 

Agrega Maku: “Enseñamos que lo importante no solo es la dramaturgia sino también por ejemplo la convocatoria, que no está armada como en el teatro. En la calle le tenés que ordenar la mirada a un desprevenido y luego captar su interés”.

Lo resume en una acción: cazar. Porque aunque en Argentina ya exista la cultura del arte callejero, no es nada fácil lograr que un turista se quede a ver el show.

 

 

Lo primero que ve la gente en un payaso son dos cosas: la actitud y la estética. Un vestuario distinto, una manera de pararse. “Más allá de que haya verdad en eso, tiene que estar pensado desde un lado de captación”, indican.

Todo se complica cuando ni siquiera hay un escenario, por ejemplo en plena peatonal, allí el payaso tiene que tener la capacidad de crear un espacio en donde no hay nada. Y si eso no es magia, pega en el palo.




Ya lo dijo Darwin: el que sobrevive es el que se adapta

Después de la crisis del 2001 que descuartizó a la Argentina, el payaso Chacovachi tuvo que despedirse de la comodidad que había logrado en plaza Francia donde hacía sus shows hace 16 años y prácticamente era el encargado de apagar las luces. 

En diciembre de 2004 la tragedia de Cromañón cambió todos los parámetros para los espectáculos en espacios cerrados y se vio afectado el futuro del circo Vachi que tenía su carpa fija todos los veranos en San Bernardo.

Pero nada de eso frenó a la pareja nómade que unos años después de conocerse, con dos hijos (Ringo y Lola) al hombro, tuvo que dejar las mochilas para agarrar el calendario de la organización familiar.

 

El payaso Chacovachi y su compañera la payasa Maku Fanchulini comparten juntos buena parte del show. (Fotos Ricardo Stinco)

 

“Si no nos adaptamos no sobrevivimos”, dice Maku. 

Como muchos argentinos, fueron a probar suerte a Europa. Allí presentaron sus espectáculos en plazas al lado de encantadores de serpientes, en festivales  importantes como la Fira Tàrrega y gracias a la perseverancia pudieron juntar mucho euros más que para el avión de regreso.

Así, hoy pasan de estar en un hotel cinco estrellas gallego a ser recibidos por un chofer personal en Brasil, tener un camarín en el mejor teatro de Centroamérica o luchar la convocatoria en un show del centro de Villa Gesell dónde quizás nadie los conoce.

Adaptarse, otra vez.

“Y es eso lo que te equilibra, lo que te centra como persona. Te hace que no te quedes enganchado en nada y así trabajar el poder de adaptación que es lo que necesitamos para sobrevivir en la pandemia y la vida”, reflexiona Maku.

 

 

Con casi 60 años, Chacovachi ya es un estilo. David Sancho de la compañía Pasabarret Catalunya lo explica a la perfección en el prólogo del Manual y Guía del Payaso Callejero (un libro que el propio Chacovachi escribió junto al Colectivo Contramar en 2015): “El final de la hegemonía de los payasos blandos. El riesgo total en todas y cada una de sus presentaciones. El rey de los contrastes. Blanco y negro. Caricia y bofetada. Un creador de un estilo y un sello inequívoco”.

“Que se le vea la sonrisa, madre, que no es pecado”

Chaco tenía unos 10 años menos que hoy y compartía un viaje por la Patria Grande con Maku. Aquella tarde lo contrataron para ir a dar un show en Santa Cruz de la Sierra, en un lugar de esos bien lejos donde uno llega con los pelos parados de la tierra que vuela todo el camino. Era una misión jesuítica. 

“Me esperaban 300 chicos en un estadio”, dice todavía sorprendido. Enseguida le preguntó al productor: “¿Seguro querés que haga una función?”. Si hay algo que aprendió con los años es que por más que los chicos se rían mil veces, el que pone la plata en la gorra es el adulto, por eso de a poco sus shows se fueron transformando y sus chistes incorporando dobles sentidos. 

 

 

“Empiezo a trabajar, bajo 40 decibeles, en un segundo busco chistes para chicos y encuentro cosas que no hacía hace 20 años”, dice como si buscara en un gran placard mental con cajones y puertas con los espectáculos separados por edades, tipo de espectadores y otras categorías.

La madre superiora vestía negro y estaba sentada en una esquina, la otra monja que la secundaba en la jerarquía eclesiástica tenía su túnica toda blanca. Seguían en la misma fila las otras novicias. También estaba presente el intendente, un hombre sencillo que ese día había elegido una corbata y peinado elegante para la ocasión.

Silencio.

 

El tatuaje en honor a su abuela que siempre dijo que iba a ser artista porque tenía “pajaritos en la cabeza”. (Fotos Ricardo Stinco)

 

No volaba una mosca.

Chaco movía un dedo y todos lo seguían con la mirada. Tal cual un partido de tenis.

Nadie reía.

“Hasta que en un momento veo que la madre superiora se pone la mano en la cara escondiéndose, al rato veo que lo hace otra vez y entonces en le digo: ‘Pero madre, que se le vea la sonrisa que no es pecado‘”, se acuerda.

En cuanto largó la carcajadas todos la siguieron. 

“Estaba esperando el permiso de Dios”, apunta develando el misterio y agrega: “Porque la risa no está bien vista en las religiones ni en el poder, es rebeldía”.



 

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