Malvinas a bordo del Bahía Paraíso, el primer buque hospital de Latinoamérica

“Una guerra en una isla depende de un contingente aéreo y naval que la contenga. Sin ese apoyo durarán hasta que sus reservas se agoten”. Con esas palabras comienza su libro “B1: una historia de Malvinas” el veterano de guerra Daniel Arbizu, reconocido pediatra de Villa Gesell quien dialogó con Telégrafo a cuatro décadas del combate en Malvinas y a partir de su estadía en el buque Bahía Paraíso resaltó un dato histórico que muy pocos recuerdan cada 2 abril: en las Islas Georgias del Sur también se combatió.

Fueron sus días en torno a las islas a bordo de un barco de origen antártico, los que determinaron su futuro en la medicina.


El Bahía Paraíso en Malvinas

“Luego de viajar dos veces a Malvinas como buque de guerra, nos convertimos en buque hospital, rescatamos a los náufragos del crucero Belgrano, y después de cuatro viajes más a las Islas (los últimos dos bajo dominio inglés, zigzagueando entre sus tropas), volvimos a nuestro puerto de origen seis meses después”, resume Arbizu. Fue el primer hospital flotante de América Latina.

Sostiene que “una guerra tiene tantas experiencias como soldados existan en ella” y es por eso que sus palabras siempre se pronuncian bajo la aclaración de que los relatos son lo que él recuerda y cómo se sintió en cada momento.

 

Arbizu decidió estudiar medicina gracias a las vivencias en el buque Bahía Paraíso. (Fotos Ricardo Stinco)

En Georgias también se combatió

El Bahía Paraíso tenía 136 metros de largo y al llegar a Malvinas podía transportar 9.200 toneladas. Se había terminado de construir en noviembre de 1981 en un astillero de La Boca con el objetivo de ser un transporte polar y fue en 1989 cuando su tripulación lloró su hundimiento en aguas antárticas tras navegar el récord de millas marinas en guerras de la historia de la Marina Argentina.

Hacia principio del ’82 el buque estaba amarrado en el muelle de combustible de Ushuaia cuando sin ningún tipo de explicación más que el nombre del “Operativo Alfa” la tripulación se dispuso a cargar artillería antiaérea, una cohetera y mucho armamento convirtiéndolo en buque de guerra que enviaba comandos argentinos (bajo órdenes de “un tal Astiz”) a un destino desconocido para los soldados. Fue cerca de las 4 de la mañana del 24 de marzo cuando con una cubierta completamente a oscuras desembarcaron.

“De a poco empezamos a ver unas siluetas que se convirtieron en montañas muy altas no tan lejos de nosotros”, cuenta Arbizu que pasado un rato se enteró que ese lugar eran las islas Georgias del Sur donde estuvieron todo el día descargando los elementos de combate. El desconcierto de los conscriptos se intensificó cuando el sentimiento de estar “solos en medio de la nada” se enfrentó a un helicóptero inglés que los sobrevoló. A ese evento le siguieron siete días de navegación en los que cada tanto se encontraban con un buque inglés con su cañón en proa.

“Nos daba mucho miedo porque pensábamos que estábamos escapando de ellos por temor a que nos dispare”, se acuerda Arbizu. Eran los días previos a una guerra que a pesar de ser los protagonistas principales, lo desconocían completamente.

 

El Bahía Paraíso antes de la transformación. (Foto irizar.org)

 

Un día después de Malvinas, el 3 de Abril, se tomó Georgia. “Recién allí nos enteramos que en tierra había ingleses”, explica.

Participaron del combate la corbeta Guerrico que recibió todo tipo de disparos, un helicóptero de la marina (Alluoette) que a pesar de algunos impactos y 37 viajes nunca fue derribado, otro del Ejército (Puma) que terminó averiado por completo.

Aunque el cañón de la corbeta se trabó al comienzo y luego consiguió una salva de disparos que desencadenó la rendición del enemigo de ese combate, ninguno de los soldados entendía lo que había sucedido. Con cuatro heridos y tres muertos la guerra era un hecho indiscutible.

En tan sólo tres horas ese había sido su bautismo de guerra y de asistencia sanitaria. “Porque teníamos un lugar que era prácticamente un hospital”, dice Arbizu, quien pasó a ser el asistente del anestesista Buonamico y sin sospecharlo sentó el precedente necesario para convertirse en el médico pediatra que es hoy en día.

 

Arbizu es pediatra y en la actualidad vive en Villa Gesell. (Fotos Ricardo Stinco)

 

Consecuencias infinitas de una guerra

Las consecuencias de una guerra en una persona son infinitas, imposibles de calcular, quizás eternas. Por eso, Arbizu está seguro que, después de años de terapia, empezó a cerrar esa etapa de su vida entre otras cosas, gracias a la escritura de su libro donde narra dos de los momentos más impactantes del combate en Georgias.

“Nunca se me borró de la mente el impacto de los proyectiles en la cubierta (de la Corbeta) y el agua, era como si tiráramos un puñado de piedras al agua y al impactar en ella viéramos cientos de chasquidos”, recuerda.

El Bahía Paraíso convertido en buque hospital fue el primero de América Latina. (Foto Facebook Operación Malvinas).

 

Además narra el día en que fue encargado de llevar junto a un compañero el cuerpo de uno de los soldados caídos (su cráneo había quedado destruido tras recibir un disparo) a las cámaras frigoríficas del buque para evitar su descomposición. Allí se guardaba la carne que la tripulación comía a diario. Recién después de 20 años, junto al cabo que lo ayudó a hacer el traslado, Arbizu pudo procesar de algún modo aquella imagen de su cabeza.

Los días del Bahía Paraíso como buque de guerra en Malvinas fueron confusos para su tripulación. “Lo único que nos daba tranquilidad era que a bordo teníamos a los prisioneros ingleses que de alguna manera era como una suerte de escudo humano”, explica el ahora médico pediatra. Eran más de treinta (22 Royal Marines y 14 científicos)  pero después de tenerlos unos 15 días en el buque, por orden inglesa debieron desembarcarlos en Tierra del Fuego.

 

 

Bahía Paraíso, de transporte polar a buque hospital en Malvinas

Tras apoyar la recuperación de las Georgias del Sur y de trasladar los prisioneros ingleses el buque fue reconvertido a buque hospital por ingenieros navales que lo vaciaron de artillería y equipamiento bélico, y al igual que el Irizar lo pintaron en tiempo récord con unas cruces rojas para evitar bombardeos.

Ahora contaba con 4 quirófanos, una unidad de terapia intensiva, 250 camas de internación, salas de rayo, 2 helicópteros, 24 médicos, 50 enfermeras, salas para quemados y traumatología. El primer problema se presentó cuando las enfermeras, a pedido de sus familiares, fueron desembarcadas y los cabos enfermeros debieron ser capacitados en plena altamar.

 

 

A casi un día de distancia del destino, el 2 de mayo de 1982 a las 17 horas sonó la sirena de zafarrancho y se levantaron las anclas rumbo al lugar donde los ingleses habían hundido el Crucero Manuel Belgrano con alrededor de mil tripulantes a bordo. El clima era imposible, las olas medían más de cinco metros.

Al llegar, la imagen que Arbizu vio no la va a poder borrar nunca: “Había balsas por todos lados, ellos estaban ahí con caras de desesperación, semicongelados, porque habían estado flotando más de 24 horas en aguas entre 3 y 4 grados. Tenían todo tipo de lesiones, quemaduras, fracturas, había empetrolados y muertos entre los vivos”.




Con el submarino inglés debajo y el miedo a un posible ataque, los tripulantes del Bahía Paraíso debieron continuar con el operativo por tres días.

Afirma el veterano: “Era muy triste ver en la cubierta del buque los cuerpos de los tripulantes que en algún momento tuvieron la posibilidad de sobrevivir pero las aguas heladas le arrebataron tal ilusión”.

Fueron 18 los soldados que perdieron su vida luchando por la patria en ese combate, 72 los sobrevivientes.

 

Arbizu junto a los demás veteranos de Villa Gesell. (Fotos Ricardo Stinco)

 

Rescates del Bahía Paraíso

Al rescate del crucero Manuel Belgrano al Bahía Paraíso le siguieron cuatro viajes a Malvinas como buque hospital. “Fuimos a diferentes frentes de combate a recoger heridos, todo era muy triste, los soldados reflejaban en sus rostros la impotencia, la falta de recursos, la improvisación, la irresponsabilidad, el terror”, selecciona con cuidado las palabras.

A bordo del Bahía Paraíso la relación con los ingleses era muy diferente a las líneas de combate. Aunque claro que el miedo a ser bombardeados nunca se iba, sobre todo porque de ser atacados el buque se hundiría en apenas minutos.

Hubo inspecciones del bando enemigo, intercambiaron heridos y hasta incluso les brindaron elementos sanitarios que habían gastado: gasas, antibióticos, anestesia, sangre.

 

Daniel Arbizu junto al veterano de Malvinas Claudio Lescano, titular de la Asociación de Veteranos de Guerra de Villa Gesell. (Fotos Ricardo Stinco)

 

En un total de un mes el equipo médico a bordo que tenía en promedio menos de 25 años atendió 231 pacientes: 129 heridos en combate en distintos puntos de las islas, 94 transbordados del buque hospital inglés HMS Uganda.

Pero sus tareas no terminaron allí: también socorrió a los náufragos del mercante Río Carcarañá y del ARA Bahía Buen Suceso.

Ya finalizada la guerra, el Bahía Paraíso tuvo la misión de trasladar 1.730 soldados argentinos hacia el continente, tras desembarcar el buque partió a un nuevo viaje a las Islas, el sexto y último.



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